Ordño I es el rey de la consolidacióndel Reino Astur

ORDOÑO I, 850-866

Sucedió a Ramiro I su hijo Ordoño, habido de su matrimonio con doña Paterna.

Fue Ordoño de condición dulce y piadosa y de buenas costumbres y en todas sus acciones demostró gran modestia, ganándose las voluntades de la nobleza y del pueblo por su benignidad y misericordia, que le conquistaron el título de padre de los pueblos. No obstante, no fue un rey débil, sino valiente, luchador y victorioso.

LA LEYENDA DEL TORO

Cuenta la leyenda, si bien algunos historiadores serios, entre ellos el Padre Mariana, dan el suceso como histórico, que, Ordoño, aunque celador de la justicia, en una ocasión se pre­ cipitó en juzgar, con motivo de una denuncia de que fué objeto el Obispo de Santiago de Compostela, Ataulfo, por parte de cuatro esclavos.

Se presentaron éstos ante el rey y acusaron al Obispo de un pecado nefando. Hizo el rey venir al Obispo a la corte para responder a la acusación de que era objeto. Llegó el santo Obispo a Oviedo y, antes de presentarse al rey, celebró la santa Misa, y, revestido de los or­namentos sagrados, se fué a ver al monarca. Este, disgustado por no venir antes a su pre­ sencia y por el hábito que traía, sin oírle, y dando crédito a sus acusadores, mandó soltar contra él un toro bravo azorado con perros y garrochas. Ataulfo hizo la señal de la cruz  y el toro, dejada su bravura, se acercó humil­demente al obispo con la cabeza baja y se dejó tocar los cuernos por el obispo, los cuales se desprendieron, quedando en sus manos.

El rey y los nobles, desengañados por aquel milagro de la inocencia del obispo, echáronse a sus pies, pidiéndole perdón. El santo obispo les otorgó el perdón, pero renunció al obispado y se retiró a la soledad, donde murió san­tamente.

Los cuernos del toro se colgaron del techo de la catedral de Oviedo, donde estuvieron muchos años, para memorial del hecho tan señalado.   

Ocurrió este suceso en los comienzos de Ordoño.  

LUCHAS CON VASCONES Y ÁRABES.

A poco de ocupar el trono, tuvo Ordoño que luchar con los vascones, que se habían suble­ vado, apoyados por los musulmanes. El rey marchó con su ejército contra ellos y  los derrotó; dispersando a los árabes y sometiendo a los vascones.

En el año siguiente se vió obligado a oponerse a los planes ambiciosos de un godo llamado Muza, que se había hecho mahometano, y lleno de audacia, había conseguido apode­rarse de extensos territorios en Toledo, Zaragoza, Huesca y Tudela.

Al principio, Ordoño apoyaba los planes de Muza con intención de introducir la discordia entre los mismos musulmanes y dividirlos, pa­ra luego mejor vencerlos; pero se encontró con que Muza, en su avance, llegó hasta la Rioja y  se apoderó de la plaza de Albelda, que arre­bató a los cristianos y la fortificó para su defensa.

DERROTA DE MUZA

Al darse cuenta Ordoño de las intenciones de Muza y el peligro que suponía la proximidad de aquella ciudad en poder de los árabes, resolvió destruirla. Reunió sus huestes, las di­vidió en dos partes y envió una a poner sitio a Albelda, y con la otra se dirigió al encuentro de Muza, que se hallaba acampado en el mon­te Laturce, cerca de Clavijo. El combate fué muy duro, mas al fin Muza fué completamente derrotado y falleció de las heridas recibidas en el combate. Perecieron diez mil moros y se hicieron muchos prisioneros, apoderándose de rico botín. La plaza de Albelda fué tomada, saqueada y arrasada, destruyéndose todas sus murallas, pues no convenía al monarca extender mucho sus fronteras, por la dificultad en conservarlas.

BATALLA DEL GUADALACETE

Un hijo de Muza, llamado Lobia o Lupo, que estaba de gobernador en Toledo, en vez de in­ tentar vengar a su padre, ofreció sumisión y vasallaje al rey Ordoño y le pidió protección para defenderse de Mahomed, Califa de Cór­ doba, que se proponía apoderarse de Toledo.

Envió Ordoño su ejército para liberar a Toledo y puso al frente de él a su pariente Ga­tón, uno de sus condes más bravos; pero Mahomed le preparó una celada en el Guadalacete, que es un arroyo que corre cerca de Villaminaya. Después de un duro combate, en que perecieron diez mil moros y ocho mil cristianos, éstos tuvieron que retirarse, y Maho­med levantó el sitio de Toledo, por no sentirse ya con fuerzas suficientes para tomarla, y volvió a Córdoba con el resto del ejército. Años más tarde Mahomed logró apoderarse de Toledo.

NUEVAS CONQUISTAS DE ORDOÑO

Continuaron las discordias de los moros entresí, y Ordoño, siempre alerta y activo, viendo lo que algunos gobernadores musulmanes se habían declarado independientes del Califa de Córdoba, quiso aprovechar estas divisiones, que debilitaban sus fuerzas, emprendió una campaña contra ellos y se apoderó de Coria, mató a sus defensores y llevó prisionero a su gobernador, Zeid.

Al mismo tiempo que esta expedición organizó otra, dirigida por el conde Rodrigo, persona de su confianza en las Bardulias, que era hermano o cuñado suyo, el cual se apoderó de Talamanca, pequeña población situada a unos quince kilómetros de Torrelaguna, degolló la guarnición y llevó cautivos a los vecinos, entre ellos al gobernador Murzuk con su esposa Balkaiz, a quienes después puso luego genero­ samente en libertad.

LOS MARAGATOS

Los moros, cautivos en las diversas expediciones, fueron llevados y utilizados por Gatón, al ser encargado por el rey Ordoño de restau­rar Astorga, de trabajar en los campos, y son, según se cree, de los que descienden los llamados maragatos, de mauros capto.

REEDIFICACION DE CIUDADES

Durante ese tiempo, y aprovechando Ordoño la relativa paz que disfrutaba, se dedicó a reedificar las ciudades arruinadas con tantas guerras, y entre ellas figuran León, Astorga, Túy, Amaya, etc. Otorgó un privilegio en favor de la catedral de Oviedo, donándole oro, plata, la mitad del portazgo de Oviedo y de las multas del mer­cado, varias iglesias, monasterios y heredades, y concediendo a los vecinos de la ciudad exenciones y franquicias muy importantes.

MUERTE DE ORDOÑO

Hallándose enfermo de gota, falleció en Oviedo el 27 de mayo del año 862, después de 16 años de reinado. Fué enterrado en la Capilla del rey Casto, de la Catedral de Oviedo, donde descansan sus restos mortales en unión de su esposa Munia.

Dejó por hijos a Alfonso, Bermudo, Nuño, Oduardo, Fruela y Aragoncia o Argonta, a quien otros llaman doña Urraca.

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